lunes, 15 de junio de 2020

Mi hermano Delibes (in memoriam a Adrián Burgos López)

       Cuando mi hermano nació escribía Miguel Delibes su primer libro, con el que ganó el premio Nadal al año siguiente[1].                                                       

                                            

      No sé si en todas las familias, cuando no hay grandes problemas o eventos, transcurren ciertos encuentros familiares con algo de indolencia y de tedio por creer prever lo que cada uno va a decir o pensar en cada momento y emerge, entonces, el anhelo  de ser diferentes. En la mía, sí ocurrió con frecuencia. Por eso, si los niños estaban, centrábamos la atención en ellos, que eran los que aportaban vida, y muy poco en los demás. Los hermanos, ya mayores o, mejor, muy mayores, vivíamos cada uno nuestra vida, como es normal. La vida de cada uno era eso: la vida de cada uno, sin que fluyera con naturalidad y espontaneidad la comunicación de las cosas íntimas y personales que relegábamos —seguramente para evitar turbaciones— a otras personas ajenas a ese núcleo. Según las circunstancias, nos satisfacía o preocupaba, desde luego, el bienestar y los inconvenientes que cada uno iba encontrando en el día a día en su camino. Sin embargo, llegó un momento en que todos nos vimos las caras frente a frente, sin eufemismos ni evasiones: nuestro hermano estaba gravemente enfermo por un cáncer. Nuestro Adrián, al que llamábamos por teléfono con frecuencia y que siempre contestaba que estaba muy bien, ya no lo estaba.
                                              

     Nuestras vidas, las de las hermanas, así como la mi cuñado Juan, quedaron frenadas y nos afanamos en lo que llamamos Salvar al soldado Adrián, nuestro hermano mayor. Nuestro hermano tan fuerte, tan independiente, tan libre, tan protector nuestro se nos iba yendo igual que el sol se retira, poco a poco, cada día.
                                                

   Él era doce años mayor que yo y, entre los dos, mis hermanas, Dolores y Ana. La complicidad entre ambos existió desde siempre, tal vez debido a que era su hermana menor. Nos mirábamos y sabíamos lo que pensábamos. De niños y adolescentes vivíamos en La Vega, un anejo a dos kilómetros de Cúllar. Recuerdo las historias de miedo que nos contaba cuando, después de alguna fiesta en el pueblo, andábamos de noche el camino hasta la casa o cómo me hacía rabiar o cómo jugábamos a tirarnos jarros de agua hasta ponernos chorreando y mi madre regañándonos por malgastar el agua que tanto trabajo costaba acarrear. Lo recuerdo con una bicicleta transponer la cuesta de bajada de la casa a toda velocidad hacia el pueblo con los libros, ajados, amarrados con cuerdas en el portaequipaje de la rueda trasera para acudir a la academia, donde estudiaba. (También en Granada, años más tarde, cuando nadie usaba bicicleta, él acudía a su trabajo con ella). La bicicleta la guardaba en lo que había sido una bodega, con tinajas enormes de barro puesto que, en tiempos de mis abuelos, se cosechaba gran cantidad de vino, pero con la filoxera las parras desaparecieron y entonces se destinaron a guardar el grano de la siembra. En esa bodega estaba instalado, también, un antiquísimo telar, colgados cestos de esparto en los que se guardaban las canillas de hilo, lana o tiras de ropa vieja para tejer, el urdidor, la devanadera, los aperos de labranza menores … y su bicicleta. Su bicicleta ocupaba los espacios libres de esa estancia porque casi siempre estaba descuartizada para enderezar los radios o reparar los pinchazos causados por aquellos caminos de guijarros.
                                

    El campo requiere mucha dedicación y más si se cultiva casi de todo, como era nuestro caso. Había que labrar, tablear, sembrar, segar, acarrear, trillar, recolectar la remolacha o aceituna, atender el huerto, los animales…en fin, era un no poder descansar nunca pues en cada estación había una labor distinta. Desde niño ayudó a mis padres en esas tareas. Hay una imagen que se me quedó grabada: mi hermano, muy joven, harto de tanto trabajar, despeinado y sucio tras estar todo el día en el secano haciendo surcos detrás de un par de mulas, apoyado en la fachada blanqueada, se quejaba a mis padres de que eso no era vida por lo que se quería ir de la casa.


—¿Dónde vas a ir? —Le manifestaba mi padre—. ¿Quieres trabajar a cara de otro? Aquí, hijo, somos nosotros los que disponemos, empezamos a trabajar cuando nos parece y paramos a descansar cuando queremos. En ningún sitio se está más a gusto que aquí.
—Sí, pero trabajamos de sol a sol, no hay futuro, no se gana nada y esta vida es muy sacrificada, ¿tú te crees que yo tengo gana ahora de lavarme e irme al pueblo para estar con los amigos?; Estoy cansado de esta vida, quiero irme de aquí, tener un sueldo, mayor o menor, pero disponer de mi dinero y vivir.
      Mi madre le daba la razón a todo lo que mi hermano alegaba e, incluso, propuso irnos por ahí toda la familia, a lo que mi padre replicaba que él no se movía, no se iría nunca a ninguna parte, ya había estado fuera en la Guerra Civil y no quería ver más mundo que el que tenía delante de sus ojos. Ese año, Adrián, se fue a la vendimia a Francia. Nunca más volvió a pisar las tierras galas, entre otros motivos porque se colocó en Mutualidad Laboral y fue destinado a Las Palmas de Gran Canaria. Aquello fue una de las grandes alegrías de la familia, pero ¿Las Palmas? ¿dónde están Las Palmas, en Mallorca?, nos preguntábamos. ¡Qué tiempos de ignorancia! Acudimos al hule de la mesa de la cocina que tenía dibujado el mapa de España y así salimos de la duda. Toda la familia, los seis, con las cabezas unidas sobre la mesa localizamos Canarias y pasamos el dedo por la isla que tanto regocijo le dio.


     Canarias nos dio mucho y bueno. Por primera vez en la historia familiar había alguien que ganaba un sueldo; por primera vez alguien viajaba en avión o en barco; por primera vez alguien tenía un coche; y, por primera vez, se recibían postales llenas mar o cartas, con sobres de ribetes azules y rojos, relatando que se encontraba muy a gusto.


    En esa isla, a través de una de sus amigas, que era profesora de literatura, empezó a leer a Delibes. Descubrió a su autor y nos lo descubrió a nosotros. Nunca dejó de leerle. Ahora, tras su muerte, encuentro cartas entre ellos saliendo a relucir Delibes, de una forma o de otra.


     En Las Palmas conoció a los que ya serían sus amigos toda la vida, Mar y César y, lo que son las cosas, casi al mismo tiempo le detectaron cáncer a ambos. Al principio de la enfermedad, César y Adrián, cuando aún tenían fuerzas para comunicarse, se animaban mutuamente y comentaban que, cuando salieran de ésta, se iban a ir una noche al Casino de Torrequebrada para celebrarlo. Ninguno de los dos acudió a esa cita. Primero falleció César, que era como nuestro hermano y, al poco, nuestro Adrián. Cuando supo la muerte de su amigo estaba en el hospital recibiendo quimioterapia, no dijo nada, ni una palabra, se levantó de la cama y se asomó a la ventana con vistas a Sierra Nevada y así estuvo un buen rato, mirando las sierras. Nunca más volvió a nombrarlo.


    Desde Canarias les enviaba a mis padres giros postales y, con esa ayuda, ellos pudieron terminar de obrar la casa en Cúllar, a donde se trasladaron finalmente. Fueron los últimos de La Vega en abandonar el barco, pues en aquel lugar ya no quedaba nadie. Las puertas de los vecinos estaban cerradas para siempre, las fachadas desconchadas y los caminos tapados por la hierba. Todos los habitantes se habían trasladado al pueblo o emigrado a Barcelona, a Bilbao o a Ibi, a trabajar en fábricas, a buscar un sueldo. La cultura campesina agonizaba.


    Cuando nuestro padre murió de infarto, en 1980, se trasladó a Granada y muchos años más tarde se jubiló de funcionario del INSS. Los fines de semana, sin excepción, volaba al pueblo y volvía los domingos por la tarde cargado de papeles para tramitar las pensiones de muchos paisanos, la mayoría labradores, que desconocían esos trámites o no podían desplazarse a la capital. A todos los atendía con naturalidad y sencillez, y sin más interés que el de ayudarles.
    El día de la comida de su jubilación centenares de amigos le agradecieron su corazón de puertas abiertas y su mirada limpia a la que le acompañaba una sonrisa; con el pelo arremolinado les habló, ¡cómo no!, de Miguel Delibes y de uno de sus libros: La hoja roja. Dijo que esa despedida era la hoja roja que se encuentra en los librillos de papel de fumar, que anuncia que está próximo a agotarse. Menuda metáfora. A nuestro Adrián le quedaban todavía algunas hojas, pero no muchas.
    Volvió al pueblo y se dedicó plenamente al campo y a la caza; sus grandes pasiones, si obviamos los sudokus. Igual que si fuera un personaje de las novelas de Delibes, nuestro Adrián huía de la sociedad despersonalizada y del absurdo consumismo aunque, a veces en exceso, ya que guardaba demasiadas cosas considerando que podrían tener una futura utilidad. Y, como si quisiera recuperar el hábitat de los tiempos de nuestros antepasados, plantó parras y un paraíso en la puerta de la casa de La Vega y otros muchos árboles en los bancales; en la de Cúllar, una acacia a cuya sombra departía con los amigos y, hace solo unos meses, un acebuche.


     Esa afición, la de la caza, la heredó de mi padre. Mi padre y él compartían  y competían en ese entusiasmo, aunque a mi padre le gustaba la caza de la perdiz con reclamo, sin embargo, a mi hermano lo que le satisfacía era recorrer los montes y los rastrojos, subir y bajar laderas, rastreando, con la escopeta al hombro y observar a su perro cómo hacía muestras ante los arbustos que servían de refugio a las liebres, los conejos o las perdices. A todos los perros que tuvo les llamó igual, Relámpago, ni siquiera les asignaba un número regnal a la manera que hacen los reyes o los papas. Nunca hubo un Relámpago VI, por ejemplo.
    El último Relámpago murió un par de meses antes que él. Nuestro hermano, ya muy enfermo, lo enterró en un lugar de La Vega que nadie sabe; tenía, seguramente, un cementerio secreto para sus perros. Cuando subió de enterrarlo no comentó nada. Tampoco nadie le preguntó. Casi todo estaba dicho ya.
    Al año de jubilarse, una madrugada de noviembre de 2012, antes de bajarse al campo, entró al dormitorio de mi madre a llevarle un vaso de leche y a decirle que se iba. Echada sobre la cama, tal como si estuviera dormida, se la encontró muerta. Varias veces aludió, cuando ya se encontraba muy desmejorado, a la buena muerte que habían tenido nuestros padres; era el contrapunto —cavilaba— a la que a él le esperaba.


   Nunca fue un enfermo inactivo, todo lo contrario. Se nos partía el alma cuando, tan delgado, sacaba fuerzas, sin saber de dónde, para ir al campo a cortar los retallines a los olivos, a labrar o a recoger aceituna. Durante su enfermedad hablaba poco y, mucho menos, manifestaba sus sentimientos y temores, pero se adivinaban por sus variables estados de ánimo que iban al compás del padecimiento que soportaba aunque es verdad que, desde siempre, había sido más contemplativo que expresivo. Era muy observador, tal vez, a causa de que, desde niño, había aprendido a otear minuciosamente la Naturaleza.


     Miguel Delibes era su  único autor; casi su único autor. Todos mis libros se los leyó con el máximo interés y concentración, lo normal en él cuando algo le atraía. Era, de verdad, mi mejor lector. De ellos me reseñaba pormenores en los que ni yo misma había reparado. Coincidió la publicación de Palacio de Justicia con el inicio de su enfermedad. Alegría desvanecida por una gran tristeza. No obstante, con la esperanza de que mejorara o se curara eché en la maleta ejemplares para su presentación en Cúllar o en Granada, localidades en los que siempre estábamos con él. No fue posible, nunca hubo esa posibilidad. Me faltó el entusiasmo de dedicarle uno como había hecho con los anteriores, así que, me limité a dárselo para que lo leyera diciéndole que ya se lo dedicaría. Lo leyó seguidamente; con una mano sostenía el libro y, con la otra, puesta en su abdomen, taponaba el incendio que llevaba dentro.


   La última que vez que visitamos el Hospital Virgen de la Nieves fue al inicio del confinamiento por la pandemia, acudíamos con mucho miedo y no sólo del virus. Las calles solitarias y  tan en silencio nos sobrecogían, pero nos conmovió mucho más la cantidad de ambulancias que llegaban al centro sanitario y que se acumulaban en el pabellón de Urgencias. En la entrada principal, en los ascensores, en los pasillos, nadie. Ni un alma a quien poder preguntar por la zona adonde se tenía que hacer la prueba médica, por lo que bajamos a radiología, creyendo que era el sitio correcto. Una mujer  que esperaba sentada, apartada y ausente, con pañuelo en la cabeza para esconder la calva y con mascarilla, a la que sólo se le veían los ojos marchitados, nos  lo indicó.
     Pasados unos días, una mañana temprano llaman por teléfono desde oncología.
— ¿Adrián Burgos López?
—Sí, dígame. Soy su hermana.
—Tenemos el resultado del TAC, su hermano  tiene carcinomatosis y está en fase terminal, así que necesitamos saber si quiere darse más quimio, aunque no le va a servir de nada, el tumor está ya muy extendido, o prefiere pasar a paliativos directamente. Pásemelo que tengo que comunicárselo.
    De esta manera, con esa frialdad, se recibió la noticia. Por supuesto que nuestro hermano no escuchó nunca esa notificación. Debido al estado de alarma pedimos permiso para trasladarnos a Cúllar y le mentimos alegando que, por culpa del coronavirus, no le podían hacer ninguna otra prueba por lo que era mejor pasar unos días en el pueblo, ya que los médicos lo habían aconsejado y la Policía no nos lo podía impedir. Él no lo sabía —o tal vez sí, puesto que era muy inteligente—,  pero la carretera hacia el pueblo embalaba el coche en dirección hacia el último coto[2].
    La morfina. Bendita y maldita: bendita, porque arrebata el dolor y, maldita, porque su uso está justificado, precisamente, por ese tormento. Las dosis, en menor porción al principio, le permitieron ver, varias veces más, La Regenta. Aitana, tan bella, le atraía y, de Juan Luis Galiardo, al que conoció una noche de copas en Las Palmas, admiraba su magnífica interpretación. Ahora pienso que, en realidad, tenían ambos algunas cosas en común: eran altos, varoniles, atractivos y grandes seductores. Se dedicó, en esos días, a ordenar papeles que iba quemando o guardando, según su parecer, y si antes todas las cosas, las más insignificantes, podían servir para algo y las almacenaba,  ahora,  casi todo le parecía inútil e inservible y necesitaba tirarlo o perderlo de vista.


    Hasta que empezó con la morfina mantuvo su papel de hermano mayor, protegiéndonos siempre y mostrando su carácter independiente, mandón y fuerte. Nosotras, las hermanas, de una forma torpe, lo calificamos, en alguna ocasión, de machista y eso nos impedía reparar en los valores que todo el mundo veía, hasta tal punto que llegamos a apuntar  que nuestro Adrián tenía una doble cara, para la gente y para nosotras. Él no sabía, ni quería, revelarnos sus desalientos, ni tampoco nosotras supimos captar que ese poderío era la forma de esconderlos.
     Con la morfina se desinhibió y expresó sus debilidades y toda su ternura. Ya no escondía el dolor, nos lo decía abiertamente. Su bella alma, la que siempre tuvo, sin ningún freno, relucía en cada momento. Nos abrazaba y besaba de la misma manera que si fuéramos niños chicos. Hizo que, de algún modo, todos nos convirtiéramos en niños otra vez. Nos miraba con cariño diciéndonos muchas palabras suaves y tiernas. Nos recostábamos con él en la cama o en un sillón próximo y él nos preguntaba que por qué no salíamos a darnos una vuelta, a lo que le respondíamos que, por culpa del coronavirus, teníamos que estar en la casa. Fue un gran honor tenerlo de hermano, igual que cuidarlo. La última vez que estuvo consciente nos preguntó por cada uno de los niños: Adriana, Javier, Martín y Amanda. Le enseñamos un video y, con lo ojos brillantes, se despidió de ellos: “adiós, preciosos”, dijo.
   Inmerso ya en los delirios producidos por la sedación, con reiteración clamó: “madre, ¡vamos!; madre, ¡vamos!; madre, ¡vamos!” ¿A quién mejor que acudir para que le acompañara en el último camino que a la persona que siempre le respaldó en todo? 



    Fracasó la estrategia que llamamos Salvar al soldado Adrián, pero procuramos, y se consiguió, una muerte digna y sosegada. Debido al estado de alarma, lo velamos en la casa y al cementerio asistimos solamente las hermanas y mi cuñado. Cuando el encargado del camposanto cerró la puerta, la mitad de los seis miembros que formaban nuestra familia, quedaron en él.
     La vida queda nada más que para los vivos[3].

           
           






[1] La sombra del ciprés es alargada, premio Nadal 1947.
[2] EL último coto fue el último libro sobre caza que publicó Miguel Delibes.
[3] Queremos mostrar nuestro agradecimiento a tantas personas que han compartido con nosotros este año de dolor, en particular: al personal sanitario de las plantas 7ª y 10ª del Hospital Virgen de las Nieves de Granada; a la oncóloga, Cristina Alba Torres; a la enfermera nutricionista, María Yolanda Castillo García; al equipo médico, Mª Jesús Álvarez Martín, Jennifer Triguero Cabrera y Mónica Mogollón González; a la enfermera de Cúllar, Tinita Aguaza; a la doctora de Cúllar, Cristina Casado; al médico, José Antonio Oller; a sus queridos amigos, que ya son nuestros también: Pepe (que, día a día, se interesaba por él y, al mismo tiempo que lo curaba, le hablaba del campo y de la caza); Federico, José, Lidia, Luismi, Mar, Floro, Matita, Juanma, Rodrigo, Jordi, Arturo…; a nuestra vecina y amiga, Isabel, (que mimaba a nuestro hermano con sus comidas); a nuestros queridos primos: Ángel, (que no faltó nunca a la cita diaria); Concha Mary, (nunca olvidaremos su profesionalidad, entrega y cuidados constantes); Antonio, (por sus visitas y conversaciones diarias en Granada, hasta el confinamiento); Raquel, Conchi, Asun, María, Pilar, Ana Mary, Pepe, Pedro Adrián, Margarita, Tere, Conchi, Dolores, Emilia y Emilia la del primo Andrés; Y, cómo no, a nuestros queridos tíos: Sole, Carmen y José.


martes, 24 de abril de 2018

Las muertes de García Caparrós


Mañana, en menos de 24H., estaremos presentando este libro en Granada, en mi Facultad de Derecho, junto a mis antiguos compañeros, familia, amigos  e interesados en conocer los documentos secretos y prohibidos por la Mesa del Congreso de los Diputados. Una prohibición típicamente franquista.


martes, 26 de septiembre de 2017

"Los santos custodios" de Rafael Escuredo

Rafael Escuredo, político de gran trascendencia en la Transición, nos hablará en Málaga, el 5 de octubre, de su magnífica novela negra. Yo, como en otras ocasiones, voy a tener el honor de presentarla. Entren a ella y lean y/o vengan al acto, están todos invitados.


viernes, 16 de diciembre de 2016

Favores envenenados en dos casos de la Transición: García Caparrós y Fernández Quesada

http://www.publico.es/politica/favores-envenenados-casos-transicion-garcia.html


Con frecuencia he pensado en las personas que, el 4 y el 12 de diciembre de 1977, en plena transición, habían matado a García Caparrós y a Fernández Quesada. ¿Cómo habrían sido sus vidas desde entonces? ¿Han podido llevar una existencia normal o, por el contrario, el peso de haber matado a otra persona les ha corroído o abatido durante todos estos años? 


En estos dos casos los procedimientos acabaron con sobreseimiento provisional porque no había motivos suficientes para acusar a nadie como autores, cómplices o encubridores. Pero autores los hubo, y si no se descubrieron fue, precisamente, porque también hubo cómplices y encubridores que tampoco fueron procesados. Esos cómplices y encubridores otorgaron favores, que hoy, casi 40 años después, pueden ser calificados como envenenados, ya que, en uno y otro caso, por poco que se analicen los sumarios respectivos, se llega a esa conclusión.





Cuando el 4 de diciembre de 1977 Manuel José García Caparrós sale en Málaga a la manifestación por la autonomía de Andalucía, ni siquiera intuye que su flamante cazadora marrón sería atravesada por una bala de 9 mm que extinguiría su vida. La entonces Policía Armada utilizaba, habitualmente, las pistolas Star del mismo calibre. Es el comisario jefe de Málaga, del que dependía el autor del disparo, el que se encarga de la investigación. Favores. 
El primer escrito que entrega al Juzgado ya es significativo: “No se puede determinar qué persona causó la muerte por el desorden y agresividad de los manifestantes”. El juez le ordena remisión de la relación de policías. Se la envía aunque se toma su tiempo y tarda cinco días en hacerlo. El Juzgado cita en primer lugar a los mandos: al brigada Pabón Barquero y a los cabos Primeros; entre éstos está M.P.R.Todos declaran el día que fueron citados, excepto uno: M.P.R., que alega enfermedad, y lo hará el día 28 de diciembre. 


Pero en los pasillos del Juzgado, ese día, no sólo hay policías, está también un testigo, Andrés Vázquez, que sin ser citado comparece voluntariamente porque cree que puede aportar datos interesantes. No sabemos -ni lo sabremos nunca- si en los pasillos del juzgado se intercambiaron algunas palabras o, simplemente, se miraron y se reconocieron, o no se vieron o ni siquiera coincidieron en la hora. Andrés, el día 4 de diciembre de 1977, sí que habló con el cabo M.P.R., al mismo tiempo que lo hizo Francisco de la Torre, entonces diputado de UCD y ahora alcalde de Málaga y ex senador del PP, pues M.P.R. tenía la pistola aún en la mano y el entonces diputado y ahora alcalde le dijo que hiciera el favor de guardarla, que había mujeres y niños, y el cabo M.P.R. le contestó que también los policías tenían mujeres y niños. 




M.P.R. declara ante el juez que no hizo uso de la pistola ese día. Pero veremos si eso fue verdad. Hay un testigo fundamental, Alfredo Inocencio, que estaba al lado de García Caparrós cuando le disparan y, en ningún momento, nadie le pregunta si vio quién lo hizo. Al parecer no tenía trascendencia. Favores.
Como el juez considera que el autor es un policía se inhibe a favor de la jurisdicción militar que, al rechazar la competencia, es el Tribunal Supremo el que decreta que el sumario, con la bala, vuelvan a la militar. El tiempo que está el procedimiento en esa jurisdicción –la militar- no se practican pruebas de ninguna clase ni se le toma declaración a nadie. Favores. Un cambio legislativo hace que retorne la causa otra vez a Málaga, a la jurisdicción ordinaria. Han pasado más de tres años y el sumario no ha avanzado nada. Sin más se dicta auto de conclusión, se remite a la Audiencia y comienza un largo camino de revocaciones propiciadas, sobretodo, por el abogado designado por el padre de García Caparrós, aunque también el fiscal, Luis Portero García, (asesinado por ETA en el año 2000) adopta importantes iniciativas. 

Lo primero que hace el abogado es pedir cuando puede, esto es cuatro años más tarde, ya que el sumario había sido declarado secreto, algo fundamental que todos habían olvidado: la prueba de balística de los policías que dicen haber disparado. El resultado es rotundamente negativo. Lógicamente se intenta archivar la causa, pero de modo sorpresivo el letrado pide otras pruebas de balística: las de las pistolas del cabo M.P.R. y del policía A.B.B. ¿Por qué el Letrado pide la balística contra ellos cuando en el sumario hay trece policías más que afirman haber sacado las pistolas, pero no haber hecho uso de ellas? La respuesta no la sabremos nunca porque el abogado falleció unos años después de los hechos, pero puede que tomara en consideración ciertas descripciones físicas que Andrés Vázquez hace de ciertos policías; de cualquier modo constan datos para poder afirmar que el letrado no iba desencaminado.



M.P.R. fue casi de inmediato destinado a otra localidad, aunque dentro de la provincia de Málaga. El día de autos tenía asignada la pistola nº 861.768. Esa pistola, poco tiempo después, fue dada de baja.¿Por qué si el arma no estaba en mal estado y, además, M.P.R. seguía perteneciendo al Cuerpo? Favores. Al final se localiza y se somete a balística. Es entonces cuando se emite informe negativo referente a la pistola del policía A.B.B. pero, por lo que respecta a la pistola de M.P.R., se observa similitud entre algunas de las lesiones con valor identificativo impresas en las balas testigo por ella disparadas y en la bala dubitada.

Entonces el fiscal pide un informe detallado, informe que no se hace nunca, aunque sí se dice que la pistola reseñada puede haber disparado la bala dubitada recibida, “pero en modo alguno se afirma que lo haya sido”. Dudas. Dudas que hay que atajar cuanto antes… pero ¿cómo? Sencillamente dándole un cambiazo a la bala. Y se hace. Favores. Han pasado siete años desde la muerte y el último informe de balística expone que las erosiones de la bala podían ser debidas a haber impactado contra una ¡madera!

Definitivamente se sobresee la causa porque lo único cierto es que hay un muerto. Ya no hay bala, ni autor, ni encubridor, ni cómplice. El cabo de la Policía Armada M.P.R. tenía 36 años en 1977. Siempre vivió en Vélez-Málaga hasta el momento de su muerte, ocurrida hace sólo unos años. Nunca se podrá decir que fue él el autor porque ni siquiera fue imputado, pero sus propios compañeros dejaron un reguero de sospechas.



Ocho días después de la muerte de García Caparrós, otro joven, Javier Fernández Quesada,sale del piso de estudiantes que comparte con sus hermanos en La Laguna. Bajo el brazo lleva una carpeta con apuntes de Biológicas, y en su mente muchas utopías e ilusiones. Cuando esa mañana se viste tampoco imagina que la camiseta blanca y el jersey azul marino de lana iban a ser atravesados por una bala disparada por un guardia civil en el mismo campus universitario. 

Un disparo certero de los más de doscientos que efectuó el 12 de diciembre de 1977 la Guardia Civil en ese recinto. Los casquillos, a montones, se encontraron cerca de donde mataron a Javier, pero también a más de quinientos metros. Muchos estudiantes los recogen y los entregan en las dependencias judiciales. Algunos guardias civiles también lo hacen, pero no consta su entrega a ningún juez. Favores. La bala que lo mató nunca apareció, aunque por los datos de la autopsia se sabe que era un proyectil propulsado por un arma corta. Las armas cortas que ese día llevaban eran las pistolas Star de 9mm corto y largo, y casquillos de ese tipo, ocho en total, forman parte de las piezas de convicción.



Ningún guardia civil reconoce haber disparado armas de ese tipo. El sumario tramitado por la jurisdicción militar, que fue la competente, es muy deficiente, ya que ni siquiera se concretan los agentes que entran al recinto, las armas que portaban, ni se hacen pruebas de balística. En las declaraciones no constan sus datos personales, como el D.N.I. o el lugar y fecha de nacimiento. Favores. Todo se generaliza para esconder la verdad, pero la verdad resurge al entrelazar ciertas declaraciones, aunque hay detalles, los más importantes, como quién mató a Javier, que nunca se sabrán. 

Tampoco sabremos nunca las armas que llevaban los mandos: el teniente coronel Antonio Encinas Cueto; el coronel jefe del tercio Manuel González López; ni el comandante ayudante Palau. No se sabe porque nunca se les preguntó, aunque todos estaban allí, en el recinto universitario, cuando los disparos. A todos ellos se les tomó declaración. A todos menos a uno: al comandante ayudante. Sin embargo, sí asistió a la junta de orden público que convocó el gobernador civil Luis Mardones después de la muerte de Javier, pero no a la que se celebró el día anterior. ¿Por qué? ¿Qué tenía que informar que no consta en ningún lado? 



En el sumario nunca se identificó totalmente ya que siempre se aludía a él por su cargo: comandante; y por su apellido: Palau. Es en la hemeroteca del periódico ABC de fecha 27/9/1989 donde figuraba su nombre y apellidos y, también, su foto. El comandante Palau había ascendido a coronel, y el citado periódico daba la noticia de su toma de posesión en un acto presidido por el Delegado del Gobierno en Canarias, ahora ex Fiscal General del Estado, Eligio Hernández. Pero, ¿quién es Manuel Palau Carrera?
Manuel Palau dejó la carrera militar, pero no Santa Cruz de Tenerife, donde aún vive y donde ha realizado algunos negocios inmobiliarios relacionados con su segunda carrera, la de aparejador. Ha mantenido buenas relaciones con el gobierno canario, de CC, pues en el año 1995 se le adjudicó, por contratación directa y por 10 millones de pesetas, la elaboración, valoración e informatización de los bienes inmuebles del patrimonio de la isla de Gran Canaria. Goza de buen reconocimiento en la isla de Tenerife, es socio honorífico del Real Casino de Tenerife y presidente del consejo de administración de La Palma Golf S. L. 



Todos los mandos de la Guardia Civil que entraron en la universidad de La Laguna el 12 de diciembre de 1977 fueron condecorados años después. Al teniente coronel Antonio Encinas Cueto, en 1984, se le concedió la Gran Cruz de San Hermenegildo. El coronel jefe del tercio Manuel González López fue condecorado, en 1982, con la cruz de plata. A Manuel Palau Carrera se le concedió la medalla del Sahara en el año 1980. También Luis Mardones, entonces gobernador civil de Tenerife, y durante veinticinco años diputado por CC, tiene su condecoración: la Gran Cruz del Mérito Militar, concedida en 1999.



Luis Mardones, máxima autoridad cuando matan a Javier, difunde rumores maliciosos para que sirvieran de cortina de humo y resguardaran a los auténticos autores. El día que se jubiló como diputado, el entonces presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, le dijo: “Puede irse tranquilo, ya tiene un sitio en la mejor historia de la democracia y del Congreso de España. Muchas gracias por todo lo que ha hecho y espero que disfrute de la vida”. Siguiendo ese consejo hoy nos lo podemos imaginar sentado en un cómodo sillón del paseo marítimo, comentando a ciertos amigos: “Hicimos bien…hicimos bien”.





viernes, 25 de noviembre de 2016

Marcos Ana nos espera en la esquina de una estrella



En el año 2003 vivía en Madrid y nunca había oído hablar de Marcos Ana. Un amigo de Málaga, José Enrique Medina, fue a Madrid a hacer unos cursos en el CGPJ, seguro que algo relacionado con la jurisdicción social, ya que él es juez de lo Social. Me llamó para quedar a cenar y me dijo que nos acompañaría otro amigo suyo y que debíamos ir a recogerlo a su casa. Era un edificio de los antiguos y recuerdo que subimos las escaleras andando porque no funcionaba el ascensor. LLamamos a una puerta, la suya,  que aún conservaba,  y se utilizaba, la aldaba. Abrió casi de inmediato. Ya era mayor pero muy vital y sonriente, nos abrió y nos invitó a tomar una infusión. La casa, creo recordar, tenía uno o dos dormitorios, una pequeña cocina y un salón diminuto. No era suya, se la habían cedido. Nos la enseñó. En todas las habitaciones, absolutamente en todas, incluso en la cocina, había libros y montones de folios, de revistas y de periódicos. 
Me gustó nada más conocerlo y aún me impactó más cuando, después, en la cena, me contó su vida, porque José Enrique ya la conocía. Al contarla nunca le vi un gesto de odio o de amargura. Me contó, con voz serena, cuando pisó, después de veintitrés años en prisión, la calle; cómo era eso de respirar fuera de la cárcel; su incapacidad para adaptarse a una ciudad, Madrid, que había seguido una evolución que a él se la habían impedido; me contó la primera vez que estuvo con una mujer y cómo se enamoró rápidamente de ella y nos hablaba de Neruda y de Alberti como si fueran amigos nuestros también. José Enrique y yo no pudimos cenar, sólo lo mirábamos y lo escuchábamos y,  sin querer, las lágrimas nos chorreaban por la cara y él seguía contando cosas tremendas con total naturalidad, pero sobre todo, con una enorme sensibilidad. Ese era el gran rasgo de su personalidad: su sensibilidad.

Después, hablamos varias veces por teléfono y me dijo que le diera mi correo electrónico porque estaba aprendiendo a utilizarlo. Nos escribimos con frecuencia pero, desgraciadamente, sólo conservo estas dos cartas, las demás se perdieron en algún disco duro estropeado. En las cartas mandaba dibujos con muchos colores. Sus cartas, y sus palabras,  eran siempre terciopelo para el alma.







Años más tarde, cuando ya vivía en Málaga, él vino a dar una conferencia y, por supuesto, estuvimos acompañándole. La foto que aparece al inicio nos la hicimos con mi  amigo Alfonso Sell. También estaba José Enrique y muchos amigos más. Esa fue la última vez que le vi en persona, la próxima vez lo veré en la esquina de una estrella.

martes, 1 de noviembre de 2016

Día de todas las santas mantis religiosas


 Cuando esta mañana desperté lo primero que vi fue un día largo como un año y un mar inundado  por la lágrimas de todos nosotros: los que vivimos en esta parte del mundo y, sobre todo, de los que huyen de sus guerras y sus miserias. 

Después, salí de mi casa y miré las caras de la gente que se cruzaban en mi paseo sosegado. Vi algunos rostros satisfechos y serenos, pero muchos otros eran desvelados, intranquilos, insustanciales y anodinos. "¿Cuánta gente es verdaderamente feliz?", me preguntaba y, al mismo tiempo, me contestaba que era una respuesta complicada porque todos salimos a la calle con un semblante que, casi nunca, refleja el alma. La verdad es que todos tenemos mucho miedo de mostrar el alma. Los humanos, a diferencia del resto de los animales, somos, por lo general, seres muy endebles y vulnerables. Y algo apocados.

Más tarde me senté a tomar un café en la terraza de los Baños del Carmen. Miré a lo lejos y vi al final de la bahía, sobre el puerto, unas grúas que parecían jirafas y varios Manhattan; uno, formado por los edificios de la Malagueta y, otros, flotantes, constituidos por los buques cruceristas. El mar, en los Baños del Carmen, también lloraba.

Mi propósito era tomarme, en solitario, un café oliendo a mar, pero sobre mi mesa estuvo imperturbable, todo el tiempo, una mantis religiosa. Las mantis religiosas son animales antisociales, excepto en época de reproducción, cuya cópula dura dos horas, tras ella la hembra se come al macho, aunque, al parecer, no siempre ocurre así (como no soy entomóloga desconozco si era hembra o macho la que me acompañó). Su vida es muy corta, apenas un año, y su presencia es positiva no sólo por ser devoradora de otros insectos sino por su significación. Mantis es una palabra griega que significa "profeta" y verla o encontrarla expresa la necesidad de practicar la meditación. En la cultura egipcia es el emblema de un renacimiento en la vida.
Entiendo muy bien el mensaje que me quiere transmitir esta mantis religiosa porque he renacido varias veces. Todos renacemos varias veces. Mañana, cuando me levante, veré el día  y el mar como lo que son: "...porque en nosotros mismos, en la lucha, está el pez, está el pan, está el milagro".(1)


1.- Odas elementales, Pablo Neruda.